¿Quién ha dicho que la clave está en las palabras?

Ni la Naturaleza es maravillosa, ni hostias. Manifiesto ecológico indignado.

Posted in Uncategorized by nachoenfuga on 19/05/2017

Ni la Naturaleza es maravillosa, ni hostias.

Lo que llamáis Naturaleza no es una maravilla. Es equilibrio. Equilibrio a golpe de lentísima evolución.

La mayor parte de las veces, evolución cruda, drástica, implacable y casi nunca poética. Si alguno de los procesos o resultados de esa evolución os emociona (conmigo lo consiguen), es asunto vuestro. No se ha planteado como un espectáculo para que lo podáis gozar, si bien es cierto que cada uno se estremece como quiere.

No incluyáis a la ecología en la pléyade de falsos dioses (valga la redundancia entre los términos “falso” y “dios”) que consuelan y atormentan a parte de las sociedades actuales. Se trata sólo de fenómenos físicos, químicos, geológicos y biológicos en los que hundimos continuamente nuestras zarpas y, en ocasiones, sobre los que también restregamos cerebro y corazón. Restriegue lícito, comprensible y en fin, humano, sobre unos fenómenos que en sí mismos y sin necesitar nuestra intervención, ni juicio, ni consideración estética, son. Son y actúan. Independientemente de que nosotros mismos los miremos o no, respetemos o no, entendamos o no, nos beneficien o no.

Pero no por favor, sino por la cuenta que nos trae, independientemente de emociones o cuestiones más prosaicas, sean las que sean, dejad de joder dicho equilibrio, no sea que la siguiente lagrimita emotiva la echemos por nosotros, cada uno por si mismo, que no estará el cotarro como para pensar en el prójimo cuando estemos a punto de extinguirnos y el equilibrio a punto de empezar a restablecerse.

 

 

 

Este manifiesto surge a partir del vídeo que se ha hecho casi viral desde hace meses, antes en inglés y ahora subtitulado en castellano que enlazo aquí: Cómo los lobos son capaces de cambiar el curso del río.

Insectívoro estacional.

Posted in Uncategorized by nachoenfuga on 18/07/2014

Llevo una dieta… del montón. Supongo que no será un ejemplo de equilibrio, medida y variedad, pero ni mucho menos se parece a la de una modelo emergente ni a la de un tópico sedentario y obseso televidente norteamericano.

A veces, en esta época veraniega, tomo complementos. Complementos proteínicos. Pero los tomo involuntariamente, sin querer hacerlo. Y no los tomo en la mesa, sentado, con cubiertos. Tampoco en estado líquido o semilíquido, de un bidón. Y en cantidades variables: unos días nada, otros casi nada y, rara e involuntariamente (vuelvo a repetir) en cantidades excesivas para mi gusto.

Lo tomo corriendo, durante el entrenamiento. Pero no lo llevo conmigo, me lo encuentro en el camino. Y no me detengo un momento  para asimilarlo (saborearlo sería demasiado) o para acompañarlo con agua. Es más: en ocasiones intento sacarlo de mi boca una vez que ha entrado, pero un par de toses no siempre es suficiente y acabo tragándolo.

Hoy casi se produce un cambio en la naturaleza del complemento proteínico. Lo que normalmente es proteína a base de pequeños dípteros, hoy ha estado a punto de  cambiar: esta vez ha sido un lepidóptero que me ha golpeado en los labios y casi consigue franquearlos. Pero era demasiado: demasiado grande y demasiado seco, me ha querido parecer.

Vamos, que corriendo (o pedaleando) te comes algún insecto de vez en cuando. Como en la vida.

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Follamigas

Posted in Uncategorized by nachoenfuga on 04/04/2014

Desde hace años, tengo dos amigas. Dos amigas cuya relación con ellas no es propia o únicamente de amistad. Por supuesto, es cierto que prima cierta confianza, pero también lo es que existe un grado notable de conveniencia interesada por todas las partes. Ellas me dan lo que necesito y yo, a cambio, alimento su naturaleza y razón de ser. Vulgar, pero también gráfica y certeramente hablando, podríamos referirnos a ellas con el conocido término de follamigas.

Son diferentes entre sí, mucho, igual que el trato que me dan y que de mí reciben.

Una es la relación “fija”, aunque llevemos juntos menos tiempo. Se parece poco a mí pues es creativa, moderna y, digamos, un poco virtual. La verdad es que hablamos poco, aunque a cambio tiene mecanismos para ofrecerme multitud de datos por otras vías.

Dicen los demás de ella que es pegajosa en sus relaciones y que cuesta mucho abandonarla, igual que otros más dudan de su fiabilidad. Sin embargo, yo nunca he tenido ninguno de esos problemas con ella, al menos hasta hace un par de días.

La otra, con quien mantengo una relación continua también, es de otro carácter. Tras muchos años de relación  no hemos sufrido altibajos ni descalabros notables. Una perfecta línea horizontal podría ser la representación gráfica de nuestra evolución como pareja. Ofrece, frente a la creatividad, la inercia bien entendida, frente a la modernidad, un clasicismo no rancio ni atrofiado.

Quizá esa dualidad ha marcado mi imagen de cada una. La una es una cantante de jazz, la otra una deportista. Un jazz nuevo, fusionado, blanco, ecléctico. Una atleta metódica, regular, no brillante pero sí fiable.

No sé muy bien porqué, o sí lo sé, he decidido no prolongar más una situación si no anómala, al menos difícil de llevar. He decidido no dividir mis esfuerzos y, lo sé y lo asumo, tampoco mis placeres basados en la diversidad y en el cambio.

Sabiendo de antemano que el proceso no sería fácil, he iniciado conmigo mismo y con las dos concernidas el proceso de “simplifcación”. Lo llamo así, simplificación, un término aséptico desenganchado de connotaciones emocionales, para no hacerlo aún más difícil. En esa línea de frialdad, de distanciamiento, he comenzado a actuar.

En principio, una de ellas había sido elegida para perpetuarse o al menos prolongarse en mi vida pero, cuando mis maniobras han sido descubiertas por la damnificada, la reacción de esta última ha superado lo previsible. A demanda suya he tenido que exponer prolijamente, más de lo que hubiera deseado, mis intenciones y, sobre todo, mis motivos para hacerlo.

No me creía especialmente importante para ella (realmente le he dado muy poco) pero me he dado cuenta rápidamente de mi error, a juzgar por su contraataque: vestida de azul intenso, elegante pero con maneras resueltas, enarbolando razones de toda índole y poniéndose en comparación con su competidora, ha logrado envolverme. No sólo me ha hecho detener mis intenciones hacia ella, sino que ha logrado dar la vuelta a la situación y convencerme de que ella debería ser mi única compañera. Una victoria más en su carrera deportiva.

Pero sólo unas pocas horas ha durado mi reciente cambio de decisión. Las mismas pocas que ha tradado la cantante de jazz en subirse al escenario y agarrando el micrófono, vestido largo naranja, susurrar a veces y gritar otras todo un recital de “quédate conmigo” y “el cielo será nuestro”.

Sensible a la música y a la letra, he salido del improvisado concierto seguro de que mi primera intención era la que valía y me he ido a la cama, solo, confiado de haber sabido rectificar a tiempo de mi primera rectificación.

Pero las noches son las noches y las mañanas sus finales. Recién levantado, me entero de que la atleta había decidido hacer la carrera de su vida… y que yo iba a ser su rival. Telefónicamente tomó la salida y, de paso, las riendas de la carrera. Yo al otro lado la seguía a duras penas. La imaginé otra vez de azul intenso, pero esta vez el color procedía de unas mallas y una camiseta brillante y pegada al cuerpo. El azul lo interrumpía sólo la letra M de su inicial, serigrafíada con formas redondeadas y aerodinámicas en un verde no menos eléctrico que el fondo. Era la vestimenta de alguien que no venía a pasearse y que estaba dispuesta a darlo todo. En los primeros kilómetros de conversación llegó a ponerse incluso agresiva: hacía asomar los codos si intentaba ponerme a su altura y en ningún momento se dejó sobrepasar siquiera unos centímetros. Yo seguía sus argumentos casi acobardado, a la defensiva. Con seguir su ritmo a duras penas me bastaba.

A mitad de carrera vislumbré una pequeña situación de igualdad y me atreví a discutirla su posición, aunque sabía que debía hacerlo guardándome en parte las espaldas pensando en el final. Y en ese final, no sé si valiente o deseperadamente, decidí tomar la iniciativa y pegar un acelerón definitivo. Un “vale, yo tiro ahora a suerte o a muerte y a ver que me respondes”. Y la solvencia fue su respuesta. La que le era propia y le sirvió para ganar.

Al menos, no hizo sangre de mi derrota. Todo lo contrario. Ella ganó, pero a mi la dura competencia me llevó a batir mi mejor marca. Los dos contentos.

Ahora, tras la ardua batalla a tres bandas, las dos patas que quedan unidas de la banqueta que se rompió, estamos esperando hacer efectivos nuestras nuevas condiciones y acuerdos. Sólo algunos mensajes enviados desde un Club de Jazz interfieren estos días de incipiente y no formalizada nueva relación. Sé que esos mensajes no tienen la menor capacidad de causar el efecto que pretenden pues, acertada o equivocadamente, la decisión está tomada: entre pasar la línea móvil a Jazztel o la fija a Movistar y de cualquiera de las dos fórmulas unificar mi tarifa, elijo la segunda.

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